Espejismos de una novela
Ya pueden llamarme campeón mundial, pues he logrado lo que probablemente un uno por ciento de los peleadores profesionales de artes marciales mixtas consigue alcanzar, hablando estrictamente en términos estadísticos.
Pertenezco a una promoción en la que apenas uno de cada cuatrocientos luchadores del mundo puede obtener un contrato, lo que vuelve cada vez más estrecha la ventana del éxito conforme escalamos esta pirámide.
Aun así, considero que aquella última pelea por el título fue relativamente fácil.
Sabía exactamente cuáles eran las intenciones de mi oponente en cuanto sonó la campana y el oficial nos dio permiso para desatar una carnicería dentro del octágono.
Mi poder era el de un rey de la selva en el apogeo de su reinado.
Mi velocidad y mis reflejos eran los de una máquina nacida para matar y sobrevivir en la jungla.
Y mi pegada, mi puño, mi cruzado de derecha, era lo más parecido al disparo seco e implacable de un revólver de doble acción.
Letal en la corta distancia; más letal que cualquier otra arma que mi oponente hubiera pensado llevar a la pelea.
El trabajo duro me había dado la victoria.
Ahora era el momento de celebrar.
Tras una noche larga —después de lo que consideraría una forma bastante irresponsable de celebrar—, veo mi reflejo en el espejo y, con absoluta convicción, me llamo a mí mismo un campeón.
Luego me lavo la cara y regreso a la habitación de mi hotel en Salt Lake City, Utah.
Allí está Esmeralda, envuelta en sábanas blancas y todavía despojada de las telas que la noche anterior ocultaban sus partes más íntimas.
La conocí hace poco más de un año, en un bar de Miami.
Sin tardar mucho, tomo mi teléfono y encuentro varios mensajes de Carlos, mi representante.
Hacerle la vida más fácil nunca ha sido una de mis prioridades, y los escándalos de anoche son prueba de ello.
No me molesta llamar la atención de medio mundo ni ser criticado por el ojo público.
Me divierto y gano mucho dinero con esto; lo suficiente como para que una mujer como Esmeralda se fijara en mí.
Pero, mientras termino de leer la última parte del mensaje, recibo un golpe de realidad: un proceso legal es algo con lo que no estoy familiarizado.
“Los campeones se forman dentro y fuera del octágono. Hoy puedes tenerlo todo, incluido el título; pero la compañía tiene el derecho de arrebatarte el cinturón si este caso no se resuelve a nuestro favor desde el principio.”
Todavía podía respirar y despreocuparme un poco. Hace menos de veinticuatro horas me había convertido en uno de los atletas mejor posicionados del mundo. Un mensaje de texto no iba a cambiar mis mañanas.
Conocía el poder del dinero en este circo; lo había entendido desde muy pequeño. Confiaba en que un abogado muy bien pagado y unas cuantas amistades influyentes me hacían intocable.
Ni siquiera mis padres, con todos los bienes materiales que alguna vez tuvieron, pudieron regalarme una sensación de seguridad semejante.
De niño, sentía que era el más popular de la escuela. Siempre estaba metido en problemas y recibía la atención de todos los tutores. Me peleaba a diario con los demás niños de mi clase, y lo disfrutaba.
Elijo creer que de ahí nació una superestrella.
Aquellas descargas de adrenalina que el conflicto provocaba en mi cuerpo no eran normales para un niño de once años.
De hecho, quizá de ahí nació la idea de mi madre de inscribir a su hijo en una escuela de prestigio para aprender artes marciales mixtas. A medida que fui creciendo, mis padres siempre pagaron los mejores gimnasios, y gracias a eso pude conocer a los entrenadores más cotizados y entrenar con peleadores ya consolidados.
Crecí rodeado de lo mejor del deporte en The Ridges, en Summerlin, Las Vegas.
Leyendas del boxeo como Mike Tyson y Julio César Chávez fueron mi mayor inspiración para adiestrarme profesionalmente en el mundo de las peleas. Pero yo quería algo más que limitarme a usar los puños; quería la libertad que regalan todos los deportes de combate en conjunto.
Así peleaba en la escuela.
Usaba los codos, las rodillas e incluso, a veces, la cabeza para golpear a mis compañeros de clase. Un cabezazo no es fácil de anticipar, y yo hacía todo lo posible por lastimarlos.
Y no, no lo disfrutaba como un simple juego de niños; había algo en mí que nadie más parecía entender.
Me deja perplejo pensar que todo haya surgido de una forma tan orgánica. Es increíble, ¿no?
Pelear representa por completo quién soy. Es mi pasión, mi estilo de vida. No es el dinero; no lo necesito.
El dinero no compra la felicidad, y tampoco compra la libertad. Lo sé porque nunca pude comprarla cuando estaba castigado en la escuela: mis tutores no se dejaban sobornar.
Por eso, cuando entro al octágono, me siento libre. Puedo hacer daño dentro de unas reglas, sin la preocupación de que un tutor me regañe, lejos de todo aquello que intentó contenerme durante años.
Mi libertad me llevó a la cima. Creo que es algo que solo yo —y quizá alguien como Pablo Neruda— podríamos entender.
El arte de pelear también es poesía.
Debuté como profesional a los veinte años y apenas seis años después me convertí en campeón mundial.
Mis mayores preocupaciones nunca estuvieron fuera del campo de entrenamiento. Allí todo tenía sentido: el dolor, la disciplina, el sacrificio y posteriormente la victoria.
Entonces, ¿por qué me inquieta ahora un proceso legal, si ya lo tengo todo?
He sido intocable durante más de veinte años. Y este cinturón, el mismo que me certifica como campeón, debería funcionar como un blindaje.
Así que hago acto de presencia ante las autoridades de Salt Lake City sin ningún problema en visitar la corte. Confío en Carlos y en los abogados que llevarán mi caso.
Recuerdo la mirada del juez: fría, vacía de emociones. Y, extrañamente, aquella frialdad me hizo sentir cómodo. Me resultaba demasiado familiar. Era casi como mirarme a mí mismo en un espejo.
La precisión con la que pronunciaba cada palabra transmitía una sensación absoluta de control, como si toda la corte respirara al ritmo de su voz.
—Señor Vanderbilt, tras revisar la solicitud de la fiscalía y considerando la naturaleza violenta del cargo de agresión agravada, este tribunal determina que existen pruebas claras y convincentes de que usted representa un peligro para la seguridad de la víctima y de la comunidad.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Por lo tanto, se ordena su detención preventiva sin derecho a fianza (Held Without Bail). Usted permanecerá bajo la custodia del sheriff en la Cárcel del Condado de Salt Lake durante el resto del proceso.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier golpe que hubiera recibido en el octágono.
—Se programa su audiencia preliminar para el próximo 21 de julio de 2026 a las 10:00 de la mañana, en esta misma sala. Los oficiales de correccionales se encargarán de transportarlo y presentarlo ante este tribunal en la fecha señalada. Su abogado defensor lo visitará en las instalaciones de la cárcel para preparar su caso.
Escuché cada palabra sin apartar la vista del juez.
No recuerdo haberme sentido tan vulnerable en el pasado.
Mis manos estaban heladas. Tenía un nudo en la garganta y un millón de preguntas cruzaron por mi mente en una fracción de segundos.
Aquella mirada del juez me había confundido por completo.
Pensé que él y yo nos entendíamos.
Era la misma mirada excitante que me lanzan mis rivales en el octágono: una mirada que oculta las emociones, que no muestra sentimientos.
Pero, al mismo tiempo, era una mirada cargada de represalias.
Todo pasaba muy rápido.
Mis reflejos nunca me habían fallado tanto como aquella vez.
Aún no caía en cuenta cuando un tipo de aproximadamente un metro noventa de estatura me sujetó las manos y ajustó las manillas de metal sobre ellas.
Me estaban privando de aquella libertad por la que había luchado tanto.
Aun teniendo tantos privilegios, no es fácil sobresalir en este mundo.
No es para cualquiera subir a un ring o a un octágono y enfrentarse a otro tipo que va a intentar matarte.
Pero subir al ring ahora no podía comprar una fianza en un caso tan grave.
Además, ¿contra quién podría pelear en una corte para recuperar mi libertad? ¿Contra el juez?
Probablemente ganaría, si esto no fuera un juego de leyes y nada más.
Así que no tuve otra opción más que ser trasladado desde la corte hasta la camioneta que más tarde me llevaría al condado.
Salt Lake City es una ciudad muy bonita.
No tiene los rascacielos ni la vida nocturna que caracterizan a las ciudades más atractivas de América, como Miami o Los Ángeles, pero sigue teniendo sus propios encantos.
Este lugar destaca por su naturaleza y por las montañas rocosas que la rodean.
Y su fuerte legado histórico la vuelve aún más interesante.
La ciudad tiene una gigantesca sede mormona construida por pioneros de esa religión, y eso le da una energía muy particular en cuanto a las creencias religiosas.
Y a mí no me sobran las opciones ahora mismo.
Debo refugiarme en lo que pueda.
No recuerdo la última vez que visité la iglesia o traté de comunicarme con un ente superior.
Tal vez estaba muy ocupado.
Pero ya no.
Ahora tendré bastante tiempo para reflexionar sobre ello en una celda de, probablemente, unos cinco metros cuadrados.
Tras llegar a la sede del condado de Salt Lake City, donde pasaré las próximas semanas, atravesamos un portón blindado de máxima seguridad.
Aquel oficial que se ha encargado de mí durante todo el trayecto, junto a quien yo diría es su compañero para esta operación de bajo riesgo, lleva sus armas a unos casilleros.
Y es allí donde hacen el traspaso de custodia.
Me entregan a los custodios de la cárcel. Hacen un cacheo exhaustivo para asegurarse, una vez más, de que no estoy cargando armas u otros artefactos indebidos y luego me llevan a un escáner corporal de los que utilizan en los aeropuertos.
No llevaba nada más que mis pertenencias, las cuales posteriormente fueron retiradas, incluida toda mi ropa civil.
Luego me llevaron con una oficial que no parecía estar disfrutando su trabajo.
Toman mis datos personales. Registran incluso mis tatuajes y cicatrices visibles, que no eran muchas a pesar de ser un peleador profesional.
Tomaron mis huellas dactilares digitales y varias fotos de frente y de perfil.
Me preocupaba un poco que aquellas fotos no hubieran hecho justicia al tipo de hombre que soy, pero tampoco podía hacer mucho al respecto.
Allí también se me había otorgado el derecho a realizar llamadas telefónicas para contactar a familiares o a mi abogado.
No pasó por mi mente otra persona que no fuera Carlos. Era la prioridad.
Luego de varias evaluaciones médicas, me entregaron un overol naranja, mi uniforme carcelario, además de un kit de higiene con jabón, pasta de dientes y una toalla.
Escoltado por oficiales del condado, llegaba a lo que sería mi hogar durante las próximas semanas: un cuarto de aproximadamente cinco metros cuadrados.
Una cama individual a mi derecha. Justo frente a ella, un retrete. A su lado, una fregadera que no parecía estar en las mejores condiciones.
Me echo en la litera y trato de descansar después de una de las jornadas más estresantes de toda mi vida.
Cómo me habría ayudado la presencia de Esmeralda en ese momento.
Lo primordial era hacer una llamada a Carlos a primera hora de la mañana para saber dónde estaba parado o en qué hoyo de mierda me había metido.
Sabía que él podía darme respuestas, no solo sobre el caso legal, sino también sobre lo que estaba pasando con mi carrera profesional. Él estaba a cargo de todo el proceso, incluso de hablar con mi abogado.
Al día siguiente, cuando las primeras luces comenzaban a colarse por los barrotes de la celda, el seco rechinar de la cerradura interrumpió el espeso silencio de la mañana.
Uno de los oficiales a cargo en el condado —un hombre de estatura mediana, calvo y que aparentaba rondar los cuarenta años— se detuvo justo frente al marco de la puerta.
Llevaba una sonrisa serena, casi desatinada para un lugar tan sombrío, como si hubiera tenido un buen inicio de jornada.
Con voz firme, pero con un trato bastante gentil que resultaba tan inquietante como reconfortante, rompió el aire:
—Es hora de su descanso, señor Vanderbilt. Lo voy a escoltar hasta el patio, y allí también tendrá acceso al teléfono.
Avancé hacia el patio con el pulso acelerado.
Levanté el teléfono y marqué.
El tono apenas alcanzó a sonar un par de veces antes de que respondiera.
Al otro lado de la línea estaba Carlos, que al parecer no despegaba la mirada del teléfono mientras esperaba mi llamada.
—¿Cuánto realmente vale mi título y mi imagen para ellos? ¿Por qué actúan como si no importara que la cara de su empresa, su campeón, esté detrás de las rejas?
Yo no estoy loco, y lo que he logrado puede probarlo.
Le dije a Carlos durante aquella llamada que necesitábamos encontrar la forma de sacarme de allí lo antes posible.
Ya fuera con la ayuda de los mejores abogados o con el respaldo de nuestros bolsillos.
El poder y el dinero eran nuestras armas, y teníamos que hacer el mejor uso posible de ellas.
Carlos ya no sonaba tan seguro de sí mismo al teléfono.
Había desaparecido la confianza de su voz, la misma que lo convirtió en mi representante.
Solo sabía titubear y construir oraciones llenas de incertidumbre.
No sonaba como el representante de un campeón en aquella llamada.
Y eso podía deberse a que yo, oficialmente, ya había sido despojado de mi título.
La promoción había decidido que yo no era el ejemplo adecuado para representar al mundo deportivo.
Pero es una locura, y eso trataba de explicarle a Carlos.
¿Cómo es posible que yo, un ser diseñado para la violencia, no sea el indicado para ser la cara de un deporte violento?
Subir al octágono y formar todo un espectáculo para el público era como jugar en un parque de diversiones para mí.
Durante esas dos semanas en la penitenciaría todo fue muy robótico.
Había perdido mi libertad. Había perdido a mi representante. Las visitas de mi abogado no eran muy alentadoras, y Esmeralda siempre fue el tipo de mujer que no estaría conmigo en una situación así.
Aquella entrada a la corte, llena de cámaras y reflectores por todas partes, fue lo que más había extrañado en mucho tiempo.
El bullicio y las luces de los paparazzi podían distraerme, y eso me hacía sentir más tranquilo que vivir con mis propios pensamientos.
Porque nunca pensé que la violencia me llevaría a la perdición.
Por la violencia ahora estoy en una sala de juicio donde otro hombre tiene control total sobre mi vida.
Eso nunca había pasado.
Casi siempre yo estaba en control de todo.
Como aquella noche en el bar.
La noche que desencadenó todo este cuento.
Las cámaras de seguridad del bar son las pruebas irrefutables de que los próximos años de mi vida iban a irse a la perdición.
Recuerdo perfectamente el rostro de agonía que tenía mi víctima.
Es de lo poco que puedo recordar.
Tantas drogas y tanto alcohol habían borrado gran parte de mi memoria sobre aquella noche.
Todos esos estupefacientes fueron el punto de quiebre que me hizo perder el control total sobre mis emociones, y eso le regaló a unos niños inocentes un padre paralítico.
Creo que él me temía mucho en aquel momento, y tal vez se había arrepentido de sus acciones.
También creo que yo lo habría perdonado de no haber estado ebrio y drogado.
No creo que arrojar una bebida sobre la ropa de otra persona sea razón suficiente para casi perder la vida, y ese pensamiento convierte mi propia mente en otra prueba de mi culpabilidad en este juicio.
Sabía que mi abogado iba a tratar de derribar todas las barreras para ganar este caso, pero yo ya no tenía esperanzas.
Había pensado demasiado durante aquel tiempo en la penitenciaría y entendí que mis demonios habían ganado la guerra.
Habían ganado contra el abuso del alcohol y las drogas, contra la vanidad y el egocentrismo que construí alrededor de mi vida.
También habían ganado en mi vida personal, porque sé que Esmeralda quería lo mejor para mí, desde lo más profundo de su alma, pero yo solo quería su compañía carnal y el físico tallado por los dioses que ella tenía.
La quería solo cuando sentía que la necesitaba, y no la he vuelto a tener desde aquella mañana en el hotel.
Y, de paso, todo aquello me mostró que personas como Carlos no son de confiar.
Carlos solo estaba interesado en el beneficio monetario que mi nombre podía darle.
En ese momento solo pensaba en mis padres.
Pensaba en el hecho de que ellos realmente me protegieron como nadie más pudo haberlo hecho.
El dinero, el título, nada de eso pudo protegerme tanto como mis padres, porque ellos nunca me dejaron solo.
Nunca me faltó nada material mientras cuidaron de mí, y eso hizo que no pudiera aprender cuál era el verdadero tesoro: tener a alguien que te ame a tu lado.
Por eso no pude valorar a Esmeralda durante tanto tiempo.
La ausencia de mis padres en la tierra ahora es mi peor pérdida, y no me había dado cuenta.
Qué loco, ¿no?
Estaba tan perdido, viviendo una vida tan falsa, que perder a mi madre por una enfermedad cancerígena y, posteriormente, a mi padre por un paro cardíaco, no afectó lo suficiente mis emociones como para que aprendiera a valorar lo mejor de esta vida.
Y otra vez, el juez es un espejo, pero ahora me doy cuenta de que no es cualquier espejo.
Es el espejo de mi víctima, aquella víctima que quedó paralítica tras un golpe seco en aquel viejo bar.
Un golpe que provocó una lesión grave en su médula espinal, fracturando o quizá aplastando los huesos de su columna.
Siempre he sabido cómo hacer daño.
Y no quisiera decir que lo disfruté, pero tampoco me atrevo a decir que no lo hice.
Pero ya no son mis tutores quienes están a cargo de mi castigo.
Ahora es el peso de la ley.
Ahora siento que seré juzgado de manera justa.
Ahora siento que seré parte de ese juicio final del que tanto habla la Biblia.
Y el juez ya sabía actuar como si fuera Dios en esa corte, era el ejemplar perfecto para cantar mi sentencia:
—Señor Vanderbilt, este tribunal lo declara culpable del delito de agresión agravada con resultado de lesiones corporales graves y permanentes. La evidencia presentada demuestra que sus actos causaron una lesión catastrófica e irreversible a la víctima, quien ha quedado paralítica. En consecuencia, se le condena a una pena de quince años de prisión estatal, con posibilidad de revisión conforme a la legislación aplicable.
Sentía tanto peligro en ese momento que empecé a buscar un refugio mental.
Mi mente era el único lugar donde todavía podía sentirme libre.
Imaginar que Esmeralda estaría en aquella prisión conmigo era reconfortante.
Pero solo podía imaginarlo, porque lo que una vez fue nunca volverá a ser.
La fama se había convertido en mi perdición.
Y recuerdo claramente cuando Esmeralda me lo dijo durante una discusión que tuvimos.
Ella decía que la fama era el único oponente que yo jamás podría vencer y que, a través de esa misma fama, lo perdería todo.
El dinero siempre fue para mí. Nunca me cambió.
Pero la fama no es para todo el mundo.
Y yo me convertí en un ejemplo de ello.
Por eso ahora estaré tras las rejas durante más de una década, mirándome al espejo mientras vivo de los lamentos de lo que pudo haber sido.
De lo que nunca seré.
Pero tampoco debo sentirme tan mal.
Mi víctima es un hombre todavía joven: cuarenta y tres años de edad.
Tiene dos hijas y una esposa.
Y probablemente esté felizmente casado, o estaba felizmente casado.
Y yo le arrebaté su salud.
Estaré encerrado durante un tiempo prolongado, pero eso no significa que no pueda buscar la libertad.
Si pude encontrarla a través de las peleas, debería poder hacerlo de otra manera.
El depredador siempre tiene más opciones que la presa.
Pero yo me convertí en un depredador a través de mi trabajo duro y de mis sacrificios.
La fortaleza física y mental que muestro ante cualquiera fue forjada a puertas cerradas y dentro de un octágono.
Está completamente fuera del entendimiento de estos imbéciles el trabajo y la dedicación que implica ser un depredador como yo.
Peleadores como yo pasamos regularmente por riesgos cardiovasculares muy complejos.
Nuestros riñones sufren un estrés enorme.
Nuestra resistencia cerebral se debilita, lo que puede facilitar lesiones y traumas cerebrales.
En nuestro mundo, los peleadores vivimos casi siempre al borde de la muerte.
Y yo soy una gran excepción aquí.
Porque no necesito el poco dinero que ofrece este deporte.
El daño que recibió mi víctima fue un golpe psicológico que probablemente afectará a generaciones futuras de su familia.
Si es así, nunca será libre.
Mientras tanto, yo voy a buscar la manera de ser libre desde la cárcel.
Aunque ahora la jaula donde me van a encerrar no se abrirá cada vez que termine una pelea, puedo buscar la forma de escapar de ella.
Los ojos de Esmeralda eran tan brillantes que daban claridad a mis pensamientos oscuros.
Probablemente ella será la razón de mi libertad.
Aun así recuerdo que la última vez que la vi en aquel cuarto de hotel, antes de visitar esta maldita corte, se me hizo muy difícil encontrar luz en su mirada.
Era una mirada apagada y llena de decepción, emociones muy alejadas de las que hacen a una mujer enamorada.
Si Esmeralda no regresa, no sé cómo encontraría la libertad.
Nunca voy a ser libre solo.
No quisiera verme al espejo.
No quiero tener esos espejismos en los que siento que vivo en el infierno.
Elegiría el suicidio antes que tener que volver a pelear con mis demonios y perder una vez más.
Probablemente, esta vez el suicidio será mi libertad.
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